Ariel Ballester hurga con su cámara en arquitecturas abandonadas, tratando de forzar alguna perspectiva, de indagar en los chorros de luz que se filtran por alguna ventana o por el techo roto, de revertir planos y paredes, sabiendo que debe provocar algún efecto en nuestras miradas, alguna ruptura que nos provoque ver otras cosas en las cosas. Y si bien logra en base a esos contrastes de luces y sombras agazapados detrás de columnas y paredes una inquietante belleza, no es menos cierto que detrás de esa belleza algo siniestro late en esas ruinas: los sueños inconclusos que la desidia de nuestros políticos o la especulación económica siempre acaban por truncar. En este caso Ariel Ballester rastrea en la memoria del hospitalito de ciudad oculta, que planeado para ser el hospital de niños mas grande de Sudamérica, durante la primera presidencia Peronista, solo llego a ser una pesada estructura de hormigón, y en la ex bodega Giol, también abandonada y saqueada, a la espera de que hagan algo con ella. Dos posiciones, la posición del artista que con los restos hace una obra, y la posición del hombre que señala un pasado, no para regresar, sino para no repetir.
Texto Eduardo Médici.










